jueves, 30 de diciembre de 2010

En este 2011...

Lo que viene es candela pura jeje y plomo al hampa disfrazada!
... este pueblo no es pendejo!

ESTE AÑO 2011...

He decidido tomarmelo así, en fin, todo pasa y todo queda como decía el poeta. Agradecido estoy por todos y por todo.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Escuela del Caos: Onceavo mandamiento: No atentarás contra la "paz" mundial wikileaks.


¿Por qué WIKILEAKS fue perseguido y cerrado en menos de un mes tras la aparición de los cablegates? ¿Todos los poderes mundiales juntos para que no se ventilaran unos simples "chismes"? ¿Hasta dónde es permisible la libertad de expresión, y hasta dónde la libertad humana?

jueves, 9 de diciembre de 2010

Elogio de la lectura y la ficción Por Mario Vargas Llosa

DISCURSO POR EL PREMIO NOBEL.

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julien Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Rével, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general De Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía Hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudo democracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman "las raíces", mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de África del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de Estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de "todas las sangres". No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y a la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo. Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de cómo, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del "otro", siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.

El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban "el pie ajeno" -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebés al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: 'Mario, para lo único que tú sirves es para escribir".

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. "Escribir es una manera de vivir", dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.

Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

martes, 30 de noviembre de 2010

miércoles, 10 de noviembre de 2010

DEATH PROOF - DOWN IN MEXICO


A veces provoca caminar por Caracas, con los audífonos en los oídos, esta canción haciendo fondo, la gente que no entiende la vida en común y los que sí, la gente que de tanto pensar se le está fundiendo el cpu y los que andan por ahí... Cambiando y pensando por un mundo mejor para los que vienen y para uno. Aquí soundtrack de un filme de Tarantino: death proof.

lunes, 1 de noviembre de 2010

¿Qué es democracia desde la óptica chavista? Dedicado a mi amiguito Gabriel Z...



No es mi pretensión convencerte de nada, si lees, ya es bastante mi ganancia. Y quien quiera pruebas de lo que digo, gente que viva fuera de Venezuela, fácilmente se las podré hacer llegar, más allá de la hablar paja o quejarme por este medio.



¿¿¿Democracia??? Alguien habla de democracia. Fíjense, en mi opinión y haciendo un ejercicio literario sin ánimos de querer enredar a nadie, podría referirme al uso del término que se ha estado haciendo desde el bando chavista.



Democracia es que el Presidente venezolano pida, a todas luces y bien gritado, OBEDIENCIA ABSOLUTA en uno de sus mítines de plaza pública. Es realizar una y otra vez elecciones, año tras año, a manera de consultar a las masas. Sin embargo, lo que se consulta viene impuesto desde Miraflores. De antemano se descalifica al contendor, se le acusa, le emparenta e identifica, sin pruebas, con intereses de los más malignos, o enemigos mortales de las políticas públicas gubernamentales pro soberano. Se les increpa para que acepten los resultados en sana paz, pero también se les amenaza en caso de que quieran reclamar por los resultados publicados. O se habilitan vías alternas para aplicar aquello que el pueblo consideró nocivo para su salud.



En dichas elecciones se mide una y otra vez el poder de uno u otro grupo, recordemos que actualmente tenemos tres divisiones, chavistas, opositores y abstencionistas. No obstante, al hablar de pueblo, sólo se está hablando del que vota a favor del chavismo, los demás son unos engañados, o guarimberos, o burgueses, etc. Todos picados por la misma culebra y cortados con la misma tijera.



Democracia es que no importa lo que diga el contendor, sencillamente debe desaparecer. Inexorablemente está ligado a la Casa Blanca y nunca dejará de estarlo. Tampoco importa lo que digan los del chavismo, si alguien se atreve a realizar una crítica en público, obviamente su muerte y exilio político están decretadas. No importa si los mismos chavistas están descontentos con su gobierno, importa que son culpables de la desproporción manifestada en las elecciones, véase caso de la reforma y las realizadas para diputados 2010.



En democracia todo se compra. Si antes el país tenía como principal comprador y cliente a los gringos, ahora se han diversificado tales relaciones con naciones contrarias a la línea gringa. El detalle es que tras 12 años de acuerdos, firmas, reuniones y viajes, dónde está el queso de la tostada Sres., Sras. Vendiendo un petróleo a precios preferenciales, se está practicando exactamente lo que nos prometieron que dejaríamos de hacer, primero la alta dependencia del oro negro como único y principal ingreso, y segundo se está comprando todo con la promesa de instalar ensambladoras y fábricas que hasta ahora, aunque puedan estar funcionando, no han rendido los frutos prometidos.



Democracia es que un sólo partido desconoce a quien quiera jugar a la oposición en la Asamblea Nacional, lugar donde cada diputado representa los intereses de una porción de la población que votó por él, por ejemplo, si se necesita negociar con la oposición para aprobar leyes, los diputados que van saliendo, todos rojitos, piensan en reelaborar la ley de debates de la asamblea de manera que la mayoría, los rojitos, no deba negociar con ninguna otra representación, también elegida por el otro pueblo, el invisible o guarimbero.



Democracia es que inexplicablemente, caso Andreína Flores- Chávez, con menos votos se obtengan más diputados, que con más descontento social la culpa no es de quienes tienen la responsabilidad de cumplir con su trabajo, sino la misma gente que, viendo que en su entorno poco o nada ha cambiado, prefieren quedarse en casa para manifestarse. Que sin caer en las trampas del lenguaje, nadie pueda explicar el sistema mediante el cual, un circuito de 1 millón de habitantes pueda escoger a un diputado que lo representará, pero otro circuito, aledaño y con 100 mil habitantes pueda escoger a 3 o más diputados…



Democracia es que todo, absolutamente todo se centralice. Y decir que ahora más que nunca la gente tiene el poder de decidir qué obras se ejecutan en su localidad. Pero si y sólo si, el EJECUTIVO lo aprueba. O como decía un grafiti, con Chávez las bases deciden; pero deciden lo que él permite que se decida. También lo es crear un ente paralelo y fuera de la ley con el cual ejecutar medidas y trabajos que le competen a uno ya creado, caso de la Alcaldía Mayor y el puesto de Yaquelín Farías. O la creación de un Estado paralelo, en salud, educación y ejército a las órdenes del ejecutivo directamente, como las misiones, la milicia, por ejemplo.



Democracia es mantener las medidas de emergencia creadas para subsanar las deficiencias del aparato del Estado y las grandes desigualdades y exclusiones, como políticas estratégicas para dominar y chantajear en época electoral con el lema de Ahí viene el lobo, que te quitará tus misiones... Lo que indica que desde hace 12 años aún el Gobierno-Estado resulta ineficaz para encauzar y revertir la emergencia por las que nacieron las misiones.



Democracia es regalar las cosas. Convirtiendo al Estado en una empresa más, asistimos a algo inusual en las democracias occidentales, donde constantemente se están predicando unos valores de convivencia y de estilo de vida pero se está practicando todo lo contrario. Por ejemplo, volviendo al tema del petróleo y los compradores-clientes nuevos, sí, los electrodomésticos MADE IN CHINA son mucho más baratos que los MADE IN JAPAN o EEUU pero, y la calidad de los productos, y las condiciones de fabricación de esos productos, valen de verdad el petróleo con que le estamos pagando a nuestros clientes???



Democracia es criminalizar la protesta. Reconozco que nadie tiene derecho a obstaculizar el libre tránsito de los demás, y mucho menos en esta ciudad caótica, pero también hay que reconocer que en los 40 años de democracia de la cuarta era mucho más contundente obtener reivindicaciones a punta de protesta que mendigándole al Estado. Ahora hasta miedo da escribir en las redes sociales lo que uno piensa, lo que no significa que debamos dejar de hacerlo.



Democracia es justicia rápida para unos y para otros, muy muy lenta. Por citar algunos casos, Pdval, gestión de Barreto como alcalde, lista Tascón, banda de los enanos, o caso de la jueza Afiuni, caso de los policías metropolitanos supuestamente implicados en los sucesos del 2002, inhabilitaciones políticas, ferrocarril, y una larga lista de pagos por obras que quedaron anunciadas en los Aló....



Mentira propagandistica. ¿Quieren una prueba? Estará en mi próximo post en mi blog. Y les adelanto, ha estado apareciendo en la prensa que el gobierno bolivariano ha invertido en la educación superior más de 3000 millones de bs durante este año. Claro, para construir aldeas universitarias o pagar a las misiones, eso no es malo. Pero arriman las sospechas de la corrupción y los graves problemas por los que atravesamos a las autoridades universitarias, que de seguro tienen su rabo de paja. Lo que no dicen en el periódico o sus canales y radios es que depende del gobierno el pago de salarios a los docentes, y que desde hace más de tres meses sus quincenas se han depositado por fracciones, una quincena cancelan un 30% y la otra quincena, con suerte, el 70 faltante.


Democracia es pregonar a todas voces que hay libertad de expresión, cerrando o expropiando medios comunicacionales volviéndolos un recurso más de la propaganda democratizadora de los democratizantes a juro. Y a la vez, permita la transmisión de programas como A QUE TE RÍES, en el que abiertamente se promueve la homosexualidad, la infidelidad, y otra serie de valores rastreros.


DEMOCRACIA al mejor estilo del socialismo del siglo XXI: no hacer nunca cola porque existe un empleado que lo hará, o un guardespaldas que abrirá el paso. No comprar en los moribundos y casi extintos MERCALES o los abastos Bicentenarios porque hay que hacer cola y el sueldo da para mucho más. No necesitar hospitales públicos porque el sueldo alcanza para una clínica privada. O gastarse más de 60.000bs en el funeral de un militar como Müller Rojas. O decir en cadena nacional que a Venezuela no le afectará la crisis mundial... Y que lo que estamos viviendo es culpa de las empresas privadas que la tienen agarrada con él.


Democracia es querer quedarse en el poder hasta la muerte y más allá.


Ese ha sido parte del ensayo de un hombre que no admite críticas ni concesiones, que se contradice pero sigue insistente, que habla de amor , de diálogo y de paz pero compra tanques, fusiles, crea una milicia y quizá, a alguno de su comitiva le hala las orejas en público para cubrirse las espaldas. Que permite que los políticos ganen sueldos astronómicos y beneficia a los MILITARES por encima de cualquier otro ente social.


Un hombre que mantiene un control cambiario en todos los niveles, a pesar de que la mayoría de la población apenas tiene un capital risible para un par de zapatos, o un televisor plasma, o un viaje de placer no mayor al año de duración. Aun así, con el cerco CADIVI, nos queda comprar aquí dentro a precios astronómicos lo que afuera está casi regalado, o no comprar, o hacer la cola interminable en un abasto Bicentenario. Y que conste que si fuera malo andar pensando en estas cosas, como comprar por internet libremente, sin carpetas cadivi, pues algo extraño debe tener ese socialismo, que ahora le hace competencia a la empresa privada vendiendo en sus abastos expropiados mercancía capitalista.


Pd: Cuando vuelvas a Caracas Gabriel, te invito a subir al Junquito amiguito Gabriel, para que disfrutes de un estupendo clima de montaña y restaurantes con variedad de platos. Es mentira que sólo venden cochino y chicharrón. Pero te adelanto que deberás comenzar a subir tipo 6 de la mañana para evitarte la cola. Si traes auto, reserva dinero para que lo mandes a lavar luego, porque las cloacas ahora corren por la carretera libremente. Supongo que debes tener una cámara, tráetela, pero será difícil que no aparezca en las fotos las invasiones y la basura acumulada. No hace falta que traigas sueter, porque con la tala permisiva por parte de los entes gubernamentales para vender y construir viviendas en terrenos verdes, ya ha cambiado un poquito el clima. Mejor te traes un paraguas por si llueve. Revisa bien tu auto, porque de seguro te cae la noche bajando a Caracas, y no hay luz en el camino y las fallas de borde no tienen avisos. Llámame y cuadramos. En serio.





Luis Martínez G.

sábado, 9 de octubre de 2010

¿QUIÉN ES USTED?


Entre deudas y amenazas van los profes a su sitio de trabajo, pero no trabajan. Hablan de lo mal que va el asunto, pero deciden no hacer nada. Critican la posición de sus estudiantes, pero no los animan, ni los convidan, no son iguales. Promueven marchas, pero se disfrazan de partidos políticos. Intuyen el mal que está por venir, pero no saben cómo entenderse y menos cómo defenderse. Se confunden entre los que están a favor, los que están en contra y los que les conviene que todo sea una vil confusión. Se creen los cuentos de camino, o se los inventan. Le temen al coco y no lo admiten. ¿A dónde va nuestra educación profe?

Entre amenazas e indiferencia reprimida se duermen los estudiantes. Hacen de internet su arma de expresión y cuando deben reunirse, hablar, decidir, y accionar, se escudan y se victimizan. O hacen de la violencia su costumbre. Imponentes. Impotentes. Infértiles. O se venden, a pesar de los males (nada es perfecto), creen que siendo parte de un todo tendrán más fuerza, creen que el precio de obedecer es el más bajo si por lo menos algo le pueden sacar al bloque, al partido. O no se venden, creen en su posición (todo es perfecto) y la costumbre de creer que su jefe tiene la razón les da el espaldarazo que legitima sus acciones. O los que se vuelven invisibles, se catalizan, se sonrojan, y murmuran que ellos no saben nada, que sólo quieren graduarse y ya, empeñados en que la suerte de su futuro dependerá de terceras voluntades, cuando en realidad, ser docente es ejercer la propia voluntad para cambiar las cosas.

Esto no es literatura, pero tampoco es la verdad. Todo lo aquí escrito es enteramente supositorio, y ya ud sabe qué ojo lee los supositorios.

Costumbres, costumbres, costumbres, que cuando se vuelven un vicio no hay quien contradiga a la realidad, y si alguien lo hace, y denuncia el vicio hecho costumbre, está loco, está enfermo, no hay que creerle, hay que cuidarse. Es un peligro.

Cuenta el cuento que el ser humano es una animal de costumbres. Y basta con fijarse un poco en ciertos cuadros (in)humanos para comprobarlo. En todos estos siglos seguimos llorando y riendo al mismo tiempo. Odiando y amando. Sin ánimos de jugar a ser jueces, o jugándolo adrede, nunca han faltado en nuestras vidas motivos de asombro, situaciones, escenas, cuadros o historias que superan a la misma realidad. Para qué ejemplificar, si practicas la gimnasia cerebral recordando por tu cuenta tu historia increíble, vivida en primera o tercera persona, lo comprobarás.

El punto es el siguiente, esta es una de las historias. “Mutatis mutandis (cambiando lo cambiable)” decía un profesor de filosofía de la UCV.

¿Se imaginan que Venezuela fuese gobernada más de 100 años, por unas personas que dijeran ser incluyentes pero insultan y persiguen a sus oponentes… que dijeran que representan a la mayoría y que respetan a las minorías, siempre y cuando esas minorías se enfilen con ellos, ya que para la que se vuelva crítica, está decretada la muerte, tu silencio entre sus acusaciones… que dijeran que algo se llama así como ellos insisten en que se llame, y no como aquello que siempre fue, empeño fallido de legitimar sus abusos… que dijeran que aceptarán la derrota, pero no la de ellos… que dijeran que sus principales ideales son personas muertas que difícilmente podrían zafarse de los aprovechadores de turno, y un largo panteón de celebridades vivas que no se atreven a criticar las patas cojas, los absurdos y las contradicciones de quienes detentan el poder, porque si lo hacen, o no los escuchan (caso de Luis Britto García), o los clasifican con su otro bando, el de los traidores… que dijeran que sus valores son la vida, la humanidad, el respeto, la inclusión, la defensa de los necesitados, la conservación del ambiente, la solidaridad, y la paz sin aprobar el examen a su gestión en materia de seguridad, de educación, de aceptación de críticas y de rectificación, y sobre todo, de respeto por las ideas distintas a sus propuestas…?

¿Acaso piensan dormidos en que otros se opondrán y cumplirán con imponer el verdadero orden de las cosas? ¿Y cuál es ese verdadero orden? ¿El orden en el que nadie se pone de acuerdo y todos quieren su parcela de poder perdida? ¿El orden en que algunos no existen sino para sostener a los otros? ¿El orden del descalabro en nombre del régimen anterior? ¿El orden de la misma dominación que prometieron combatir?

¿De verdad creen en que todo cambia gracias a que otros toman las decisiones de lo que nos conviene sin preguntárnoslo?

Entonces, a qué jugamos Sras. y Sres. docentes*… ¿QUIÉN ES USTED?



*al emplear docente en esta línea se incluye a todos quienes ejercen la docencia, graduados o no.

martes, 21 de septiembre de 2010

En el Día Internacional por la PAZ


De la primera razón por las que NO VOTARÉ por el chavismo (léalas aquí ) podría argüir que se trata de una aversión personal contra ambos personajes. Por ejemplo, Istúriz fue alcalde del Municipio Libertador en Caracas en el año 1993, y luego ministro de educación en la gestión de Chávez desde 2001 hasta el 2007. ¿Qué dejó el Sr. Istúriz para la ciudad o la educación…? Quien desee lanzar la primera palabra que lo haga y nos refresque la memoria.

Del Sr. Bernal, bueno, ni qué decir de sus gestiones como alcalde del Municipio Libertador, con doble período de mandato. A ver, quién se atrevería a alzar la palabra para señalar los logros de este Sr. en materia citadina. Sí, prometió sacar a los buhoneros del Bulevar de Sabana Grande y de otras zonas de Caracas y meterlos en centros comerciales socialistas, y en parte cumplió, al final de su segundo mandato, tras haber declarado para una entrevista en el diario Últimas Noticias: las mafias de los buhoneros me tienen chantajeado. Aunque de los centros comerciales sólo funcionan dos, uno en la Av. San Martín y el otro en Qta Crespo. Sin embargo, el que se encuentra en el mero centro de Capitolio frente a Metrocenter, quedó a medio hacer, y el que está en Chacaíto será vendido luego de su recuperación. Una buena cantidad de gente quedó ubicada en las “provisionales” carpas blancas de Bellas Artes y la Av. Casanova.

No recuerdo nada, y mi memoria en estas cosas no falla, que el sr Bernal haya hecho en pro de mejorar nuestras vidas en la ciudad. Personalmente, la Parroquia del Junquito lo recuerda por no haber nunca emprendido ninguna de las obras que se necesitaron para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Una vez pasamos alrededor de 4 años con un derrumbe que obstaculizaba la mitad de la vía poco más arriba del barrio San Rafael y que generaba 3 y 4 horas de cola para subir o bajar de la montaña. En su gestión se invadieron terrenos y áreas verdes que al sol de hoy ya crecen como prósperos barrios. Parece mentira, pero en la gestión del actual alcalde Rodríguez, también chavista, se han realizado más obras que en los 8 años en los que Bernal estuvo al frente de la alcaldía. El colmo es que ahora nos lo presentan como diputado a la Asamblea Nacional por el circuito del Junquito, Antímano etc., y nosotros, debemos llevarlo junto a Aristóbulo a la silla. Que ironías la de estas politiquerías.

¿Qué haría usted cómo ciudadan@ venezolano con el dinero usado para financiar a otros gobiernos? A ver a ver: ¿invertir en los hospitales? ¿Invertir en las universidades públicas con una seria contraloría? ¿Invertir en el Metro de Caracas? ¿Invertir en la escuela República del Ecuador de Artigas o el Liceo Rafael Guinand de Caricuao? ¿Invertir en los barrios para la mejora de sus servicios como embaular quebradas o reparar vías? ¿Invertir en Vargas hasta convertirlo en un Estado Turístico de primera borrando los vestigios de la vaguada del 99 mas no la memoria de los desaparecidos, fallecidos y desplazados de esa tragedia? ¿Construirle por fin un terminal a Caracas decente y de primera calidad en el siempre negreado Nuevo Circo? ¿Terminar de construir una vía alterna a Caracas para que el tráfico pesado que cruza al país no tenga que entrar a la ciudad? ¿Crear complejos habitacionales Tipo A en las zonas marginales y en las proximidades de Caracas para desplazar a los habitantes de las zonas de riesgo y a quienes han estado paulatinamente invadiendo en zonas como la Panamericana, la autopista Caracas-Guarenas, la autopista de Caracas-La Guaira, hacia Tejerías y la subida del Junquito? ¿Crear un gran parque-tarima-centro recreacional ecológico de primera calidad en la zona del viejo aeropuerto de la Carlota? ¿Crear varios Metrocable para barriadas urgidas de transporte público? ¿Terminar el Buscaracas? ¿Terminar la conexión entre la Cota Mil y la autopista Caracas-La Guaira? ¿Llevar el proyecto del Metro de los Teques desde San Antonio hasta la estación de La Rinconada? ¿Invertir en la viable y absurdamente detenida limpieza del Río Guaire? ¿Colocarle los servicios básicos a los edificios invadidos y arreglar su situación legal? ¿Mantener los pagos de limpieza de la ciudad al día para mantenerla limpiecita y a la altura todos los días? ¿Invertir en el mantenimiento del Guri? ¿Independizar a los Estados con las fuentes de energía? No sé, de seguro en alguna de estas ideas ya se ha invertido plata, lo malo es que algunos gobernantes son amiguitos del dinero público, y si se les llegare a acusar, pues lo mejor será prepararse, porque la justicia en este país funciona como el reflejo de los espejos.



Le suena esta frase: SOBERANÍA ALIMENTARIA. Pues de haberse seguido políticas constantes en materia de inversión en nuestro campo, mano dura contra la corrupción y apoyo a los empresarios sin importar su opiniones políticas siempre y cuando sus cuentas estuviesen al día y claritas, tal vez, tal vez sería inútil pensar, y hasta una barbaridad sugerir comprarle arroz a Guyana 53% más costoso de lo que saldría comprárselo a Thailandia. Y Guyana queda limítrofe a nuestras fronteras en reclamación…

Igualmente aplica para el caso PDVAL, con sus aristas de corrupción. Debería ser un crimen de lesa humanidad e incluso ser intervenido por una corte penal internacional para investigar y enjuiciar a los verdaderos responsables de la pudrición de más de 100 mil toneladas de comida. Además de la pudrición, las muertes que pudieron evitarse distribuyendo esta comida a tiempo hacia los verdaderos necesitados. Sin embargo, como dije, la justicia en Venezuela se ve del otro lado del espejo. Por cierto, ¿quién sabe algo del maletín de los 800 mil dólares que trataron de meter a Argentina?

Finalmente, eso del trabajo comunitario no me asusta. No hace falta ser Chavista para darse cuenta que nuestra sociedad está en seria descomposición desde hace más de diez años. Y ni el proceso de “eterna” revolución, ni una dictadura, ni la mejor democracia va a revertir esa realidad si el trabajo no se realiza desde adentro de la comunidad. Sin embargo, pretender que millones de voces deben repetir sin pensar lo que UNO SOLO DIGA es algo absurdo. Pretender que el Presidente es un superhombre y que no se equivoca es absurdo. Pretender que las críticas son malsanas y que no hay inseguridad, corrupción e inflación es absurdo. Pretender que aquellos que piensen diferente deben desaparecer y que todo se trata de un contraataque y de un jueguito militar, es Srs., algo realmente absurdo y depravado.

En el proyecto en discusión de la Ley Especial del Ejercicio Docente me parece que Activar de manera regular en la milicia nacional como requisito para ser docente y optar por un cargo mejor dentro de la carrera es inhumano. Los militares son algo inhumano, como la guerra, como las armas, como sus intenciones, como todo lo que han hecho a través de la historia. Nada más absurdo que se vocifere que “educamos para la paz, pero andamos armaos!” O, queremos la inclusión, desapareciendo del mapa a los oponentes.



La oposición que se retrata en los medios de comunicación no será la mejor, la más clara, la más homogénea, la más sincera y creíble, pero sin duda no son MILITARES y no piden OBEDIENCIA ABSOLUTA. Tampoco les creo, todos tienen su rabo de paja, y el poder tiene la virtud de corromper hasta a los más santos y bien intencionados, pero defiendo que haya un espacio donde DISENTIR de lo que no nos guste y poder decir responsablemente lo que se piensa sin ser perseguido por eso. Todos mienten, y ya estoy cansado del jueguito de votar por el contrario aunque no me convenza, todo para castigar al que la caga. La política debería ser más que eso. Los políticos deberían ser servidores públicos sin escoltas al servicio del bienestar general de las sociedades. No sus amos.

domingo, 19 de septiembre de 2010

viernes, 16 de abril de 2010

Afiche Día del Libro y del Idioma 2010

Afiche por starcita & luisIII

El Quinto Sol. por Octavio Paz.


Afganistán, Irán, El Salvador, Guatemala, Líbano, Cuba, Viet Nam, Cambodia, etcétera, etcétera, etcétera. Antes, estos nombres evocaban ciudades, paisajes, monumentos, ríos, montañas, playas, desiertos. Eran palabras que despertaban el maravilloso deseo de lo maravilloso: el deseo del viaje. Hoy esas palabras designan a gente que mata y a gente que muere, a gente que persigue y a gente que huye. Es comprensible que, ante tantos desastres, a veces se sienta envidia de aquellos ermitaños que se refugiaban en una cueva y no querían saber nada del mundo. Pero en una ciudad inmensa como México, ¿dónde puede uno refugiarse si no es en un sitio público? No en una iglesia sino en un museo o en una biblioteca. Son los modestos sucedáneos de las cuevas de los ermitaños de la Antigüedad. Entrar en un museo es penetrar en otro mundo, salir de la historia presente con sus gritos y sus aullidos para recorrer, sin riesgo, como simple espectador, los prodigios y los horrores del pasado. Es ver los combates, las victorias y las derrotas de los hombres como el aficionado que ve los toros desde la barrera o como el curioso que mira a los bomberos luchar contra el incendio.

La otra mañana decidí visitar el Museo Nacional de Antropología. Recorrí encantado sus galerías, en un estado de dichosa irresponsabilidad, hasta que llegué a la sala central, en donde está, con otros monumentos ilustres, la célebre Piedra del Sol, el Calendario Azteca. Más que su peso y sus dimensiones, me impresionó su simbolismo. No es un calendario: es un libro de historia. Sólo que, a diferencia de los libros usuales, no contiene únicamente lo que pasó sino lo que está pasando y lo que pasará. Es tiempo petrificado. En su centro está la imagen del Sol, que gobierna a los tres tiempos y a los cuatro puntos cardinales. El Sol está rodeado por los signos de las cuatro edades que han precedido a la edad actual, la quinta. Cada una de esas edades terminó en una catástrofe. El signo de nuestra edad es 4 Movimiento y significa temblor de tierra. Nuestra edad terminará en un terremoto. Se me ocurrió que 4 Movimiento también podría interpretarse como conmoción en general, por ejemplo: guerras, revoluciones, y otros trastornos que agitan a las sociedades. Así descubrí que 4 Movimiento es el signo de nuestra época terrible. El mito me devolvió a la historia y el pasado me hizo regresar al presente.

El mito del Quinto Sol fue el tema de la historia azteca. El Sol nace todos los días después de vencer a la noche y a las estrellas. Este comtate cómico tiene su doble terrestre en la guerra ritual y en el sacrificio de los prisioneros. El mito fue traducido a términos reales y la historia divina fue el modelo de la historia humana. Nosotros, en el siglo XX, hemos realizado una operación de signo inverso: convertir a la historia en el mito central de nuestras sociedades. Para los aztecas, el mito solar era el centro de su historia; para nosotros, la historia es el mito que nos guía. Ese mito es ideológico y se presenta como una creencia: unos hombres y unas burocracias conocen el sentido de la marcha de la historia, tienen la clave de los acontecimientos y son los dueños de las llaves que nos abrirán las puertas del porvenir. Es un mito que ha usurpado la autoridad de la ciencia. En su nombre, tiranos pedantes han cubierto medio planeta con campos de concentración.

Octavio Paz.
“Sombras de obras”
Seix Barral, 1996

miércoles, 24 de marzo de 2010

Hoy por hoy.


Si tan sólo pudiera despertar. Sé que hay cosas con las que se puede romper así sin más. Que hay cosas con las que rompes aunque te persigan. Que hay cosas con las rompes y vuelves. Cosas con las que rompes pero no rompes. Y otras cosas. Nunca he roto conmigo... Y todo aquello desprendido en el camino, guarda un espacio en él, bloqueado o no. Nos falta un tornillo sí. No me puedo dejar quitar ahora la arandela, ni el destornillador, ni nada. No sé qué hacer con lo que sé, sé que no debo temerle. Habrá que sonreir esté o no en la lista.

Reuerde Palestina, Afganistan...