viernes, 25 de diciembre de 2009

11000 días de vida antes de partir a la inmortalidad.


Los días de la memoria y del olvido terminan siempre siendo los mismos. Cosas dichas y por decir, actos, caricias, todo se confunde alucinadamente entre brillos opacos y oscuridades brillantes de neón patibulario durante la hora en que no es día ni es noche aún. Qué hago, qué digo. Junto a mí, una muerte que me inhala al exhalar, radicalidades, profundidades, dimensionalidades que intentan ser palabras, balbuceos de pobres errantes que no aprenden la lengua clara y desnuda del opuesto. Cifrado que trata de escupir el dolor que hermana a todos quienes le rodean, así me soñó ella. Carcasas, kilómetros de vendas, kilos de hojas secas, nuez en medio del desierto sideral la soñé a ella. Separado de su corazónentrepierna por la última frontera donde sitúo el fin de mi errancia, ya no llameo. La condena que vive a mi lado y que está a millones luz de mi mano tendida cuando viene el sepulcro, se difumina. No importa cuantas veces renuncie, la dualidad obliga al otro a estar por ausencia si así lo decido, por enemiga si así lo decide, por fantasma si así lo dicta Venus. Me voy. Siempre me voy para probar cuan lejos me es posible llegar de rodillas en la bajada empedrada. Me iré cada vez que así lo desee, en busca de la egoista libertad. En la aventura de la cotidianidad, me reconozco como vine al mundo. Tal vez, algún día deba parar. Sin promesas. Sin amenazas. Sin reproches. Sin recuerdos que pudieron ser y que no son más que solitarios sueños de una almohada hechicera que los contagia y que hoy reposa en el cuarto de cachivaches. Olvidarlo todo para repetirlo siempre con la exaltación y embriaguez de la primera vez. Cambio de posición al dormir. Cambio de sueño. Entrego los fantasmas desdentados por falta de voluntad y exceso de miedo.

©luismarte2009

Reuerde Palestina, Afganistan...