martes, 1 de septiembre de 2009

Cabos que se desatan. Parte I


Heme aquí que no sé si por fin despierto del pesado letargo en el que floté durante no sé cuánto tiempo, o es que entro en la senda que desde quién sabe cuándo me esperaba, sueño no palpado por mí hasta ahora. Lo cierto, es que nada ni nadie puede demostrarme lo contrario. Ni convencerme del anverso.

Heme aquí que los recuerdos, la imaginación y los sueños siempre anduvieron amasados en mis sienes, por lo que todo lo que he dicho o contado está sujeto, proviene de la misma materia. De los olvidos nada sé, desvanecidos ondulan hasta que son convocados y como fantasmas, voluntades anuladas, precisan devolverse a su torbellino donde se confunden y pierden sin dolor alguno.

Heme aquí que vuelvo al principio del desvío que alguna decisión me hizo abandonar. Si retrocedí o avancé ninguna constancia tengo para ponderar, sólo sé que me moví, y ya eso es bastante. Las medidas de las cosas que me rodean siempre fueron inexactas, a las horas siempre le sobrarán minutos y segundos, a los días horas hasta hacer otros días, al los pesos les faltará, a los espacios les sobrará, y quien se beneficie decidirá cuál es la medida. Por eso tampoco podría decir que soy rico o pobre, viejo o joven, grande o pequeño, nadie me es referencia para afirmar nada. No llego a ninguno, y ninguno me llega.

Heme aquí, desde que mi memoria hace algo, la fuga ha sido su permanente objeto. Fuga o caída, ya no distingo. Lo cierto es la rapidez, el vértigo contenido siempre a punto de estallar por dentro, siempre prometiendo la disgregación y empujándome sin saberlo a su negación, a lo contrario por razonable pero errada supervivencia. Instintivamente olfateada, una desconocida y oscura ¿u oscura por desconocida? fuerza me impelió a escapar de ella, falsa utopía, añorada pero imposible tranquilidad mientras corriera.

Heme aquí que el vientre femenino, con el poder del caluroso espejismo en el desierto, siempre me fue esquivo mientras yo fundara la certeza de mi necesitado desembarco en los puertos del fuego. Entonces busqué con desasosiego llevar mi barco de leños a las llamas vedadas, y mientras más esquivas, más terco. Hoy la espera es turbada por inesperados arranques de ebria ceguera en solicitud de incómoda compañía. Náufrago que nunca llega, abandono las tormentas con sus certeras calmas por el vacío rotundo. Incomprensión. Manipulación. Desgaste. Absurdos. Son estas las palabras de trueque en los puertos que me vieron llegar desmemoriado y partir con niebla en los ojos, masticando el sortilegio de las borracheras: no lo vuelvo a hacer, arrodillado sin conciencia ante Selene. Quienes toman mi silencio o invisibilidad como desprecio, necios son.

Heme aquí que desconfiado de cuanto me rodeaba, refugieme en la seguridad de lo que podía constatar. Tortuoso camino para un espíritu hecho de agua aunque me duela su ardiente solidez. Fija negación de lo que no se ve, obstinado engaño alojado debajo de las costillas, en el centro, abismo que se yergue en dirección al firmamento con presentimientos, presagios buscando el espacio del que originario soy. Pero que maldije por no poder asirlo más que con palabras.

Heme aquí que padezco sin renuncia las visiones de cosas que sucederán. Y que no las cambiaré porque no me interesa hacerlo, el cansancio de siglos me deja ver a distancia los simulacros de vida que me rodean, todos representando tan bien, tan creídos sus personajes, tan seguros de que despertarán mañana, pobres voluntades atrofiadas. Porfiado en culpas que no son mías, me enveneno, me lacero e inflijo contra mi limitado cuerpo cierta clase de castigo disimulado con el que expío la mierda que durante siglos me hicieron asumir como producto de mi mera existencia y que no me pertenece. Pedir perdón por existir, mayor imbecilidad.

Sin embargo, dicho don me ha dejado entrever, en un parpadeo escurridizo, algo distinto. El asomo de una tímida certeza, la sospecha de que la equivocación puede ser el camino más seguro. De que esta seguridad es el camino más seguro a la equivocación. Este que he estado recorriendo. ¿Viene un amanecer? ¿Viene abismo? Nada sirve para alegar cuál es mejor o peor.

©luismartinez2009

Ellos/ La niebla.


En la adolescencia todo es distinto. Las cosas pequeñas cuestan mucho más que las empresas engorrosas. Así éramos, una muchacha, un muchacho, casi mudos para poder decirse que esta vida es más corta de lo que creen, que los adultos no tienen razón alguna y que pronto, se repetirá la historia a menos que se haga algo a tiempo. Él se conformaba con satisfacer su apetito hedonista cubriéndose de todo lo que el cuerpo de ella pudiera ofrecerle, incluyendo el dolor. A pesar de que para él no representaba ella un objeto sexual como podría pensarse, fue el acuerdo establecido desde un principio, me poseerás sólo materialmente. Ella interesada siempre en las estrellas, caminaba a la casa de él mirando al cielo, cada paso dado estaba calculado por su mente que no necesitaba saber la distancia del suelo. Más de una vez su planta se amortiguó suavemente sobre la gracia de algún perro callejero, pero no importaba porque medir la distancia entre una constelación y otra sin ningún tipo de preparación “profesional” ya era bastante tarea. El recorrido del que dispondría para tales trabajos era apenas de unos veinte metros en los que las luces de la calle le dejaban espacio con suficiente oscuridad para poder mirar a lo alto, también debía estar ausente la luna, aprovechar su muerte de días para hurgar en la intimidad Divina. Ella sabía cosas que no aparecen en los libros académicos, ella era la nieta que supo de la constante comunicación entre su abuela y las ánimas. Antes de entrar a la casa de él se descalzaba, y murmuraba el sortilegio respectivo al que él nunca le prestaba atención con su razón, sus sentidos se turbaban. Por correspondencia aprendió a leer en las cartas la vida ajena y a pronosticar hechos que los astros certificarían. Las regresiones fueron pan comido, hasta que un día decidió someterlo a él a una de sus pruebas para saber quién había sido en sus vidas pasadas. Él que fácilmente podía suspender su razón accedió y se recostó. La posición fetal nos traslada con y sin razón al inicio antes de todos los pesares. Ella olía a mierda de perro callejero, sin saberlo, no se había quitado los zapatos en la puerta al entrar ni repetido las antiquísimas palabras que le enseñara su abuela. Él cerró los ojos pero su mente se despertó, el ruido que llegaba desde adentro no permitiría que se concentrara como solía hacerlo. Ella bajó un poco las luces y pensó en regular su respiración, el ruido que habría en él la invadiría. Él acaso pudo callarse en su interior, ella iría pidiéndole cosas, paso a paso para que se relajara. En minutos él ya estaba cubierto de niebla, mirando un cuerpo que sentía suyo pero que no reconocía completamente. Pensaría que estaba dormido, que habitaba un sueño y que sería bueno despertar, porque si él estaba afuera, entonces su cuerpo estaría vacío y eso no era bueno, podría haber otros queriendo un cuerpo como el suyo, o cualquier cuerpo. Pero ella que no había repetido el sortilegio de contención que acostumbraba, que llevaba los zapatos puestos con mierda de perro adherida, que no se había bañado ese día y que ya el humo de la casa comenzaba a ahogarla, gritaría SCIRE POTERE AUDERE TACERE SCIRE POTERE AUDERE TACERE SCIRE POTERE AUDERE TACERE y se metería en el cuerpo de él justo segundos antes de que él pudiera poseerse. Ella se levantaría y correría fuera del alcance de las llamas dejando su cuerpo abandonado, hermosamente consumido y siendo deformado como siempre lo quiso ver entre las inmortales llamas. Nadie nunca volvería intentar abusar de ella, atreverse a decirle lo rica que estaba, ni lo objeto que podía llegar a ser para todos, o incluirla en un maldito reguetón. Llegaba el turno de su venganza. Quedé atrapado en la niebla, buscando el cuerpo hasta convencerme de que lo había perdido en un parpadeo, y que en cualquier momento me tropezaría con el. Nunca creyó el doctor la historia de Ivanna, que aparentaba tener unos sesenta años de edad por fuera, ésta ya había perdido la cuenta de cuerpos ocupados, de espíritus desplazados, de doctores que divinamente la medicaban, hasta que volviera a inventar su historia médica, su historia de vida. La historia de todos.

©luismarte2009

Reuerde Palestina, Afganistan...