lunes, 15 de septiembre de 2008

El alumno-El docente



Educación para la subordinación es una frase que podría explicar un poco nuestra venezolanidad.

Desde el decreto de la gratuidad de la educación, hace ya muchas lunas de eso, a la escuela de cualquier sector del país los niños asisten a clases sin nada en el estómago ni en el morral. Y unas cuantas telarañas en sus cabecitas tímidamente comienzan a tejerse. Nada de lo que su docente les muestre quedará en sus memorias, porque el hambre es filtro que sólo acepta el idioma de los alimentos. Aunque insípida, la promesa augura mejores sabores, ricos manjares.

El docente tampoco puede esmerarse en una enseñanza real, porque no se puede dar lo que no se posee. Atado a su quince y último poco importa si los pequeños diablillos aprenden algo o no, lo importante es mantenerlos callados y tranquilos. La obediencia se institucionaliza. Obedece y tendrás lo que mereces. Obedece y no llamarás la atención de tus superiores. Obedece y a cambio recibirás algo que imite al amor. Obedece y vive tranquilo, sin que nadie te moleste y sin molestar a nadie.

El alumno no tiene preguntas qué hacer. La televisión las responde todas y corroe el sano ejercicio de la curiosidad. El alumno no tiene juegos que emprender, porque la consola los acapara todos. El alumno no tiene quejas, porque a cambio viene la bofetada de la madre cuando es chico, y la del Estado cuando es adulto. El alumno está conforme porque no hay más a qué aspirar, cruzar el límite es ambicionar lo imposible. A lo imposible sólo acceden los que no mueren en el intento y los actores. El alumno no tendrá parque donde recrearse, ni patios donde correr, ni cielos para soñar, ni árboles para cuidar, ni adultos que lo inspiren, quizá para que de grande tal vez no le incomode la oficina cuidadosamente hecha a su medida.

El docente se rebusca. El dinero no le alcanza sino para lo esencial, la dieta exacta de todos los días, unas cervecitas o el maquillaje de catálogo a final de mes. Lo ven sus alumnos los sábados o los domingos apostando sus últimas esperanzas a caballos que arrastran sus sueños en una pista del hipódromo. La ven subida en un camión con grandes parlantes repartiendo curvas que llevan a precipicios y sacando suspiros que endurecen el ambiente. Resulta más difícil descubrirlos detrás de la mascara de payaso que adoptan cuando entran al salón de clase.

El alumno escucha que va a la escuela porque su madre le repite todos los días que sólo así podrá ser alguien en la vida. Habría que preguntarle a ella -Alguien ¿para quien? Acaso al nacer no lo somos... La verdad es que no hay quien lo cuide y lo aguante tanto rato, salvo la televisión o el ciber. Entonces la escuela, igualada a la calle peligrosa de la que su madre trata de alejarlo, se convierte en depósito de humanos.

Tras once años, en el mejor de los casos, de amoldar su cuerpo a la dura geometría de hierro y madera que son los pupitres, de atrofiar su cerebro con los duros bloques de contenidos que nunca digirió, de aguantar la pedantería y frustración de quien decía ser la autoridad en aquellas cuatro paredes, de obligaciones insensatas desconectadas de las necesidades concretas que siempre le agobiaron, es echado a la calle para vergüenza de todos, porque oh gran ironía, fue educado en rehuir de sus problemas, en tragar realidades píldoras, en resolverlo todo con una cartelera repleta de recorta y pega, en miles y miles de remediales de los remediales.

Desperciamos nuestro tiempo entrenándolo en desperdiciar su vida.

©luismarte2008

Reuerde Palestina, Afganistan...