Cuesta abajo rodaba rodaba rodaba y nada lo detenía, ni los buenos deseos, los jalones amigables, las súplicas… Despertaba algo repuesto intentando detener en vano el desmoronamiento, y creía, y se sentía dueño de algo, acaso de la tierra carcomiendo sus uñas, pero a cada nuevo brote de esperanza, un incendio de realidad, excusas, escurrimientos, miradas cifradas que intentaban no develarle su brutal e inexorable constante acabar. Y no terminaba de llegar a la llaga.
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