
Hoy, setenta años después, sus libros comenzaban a devorarlo como en algún momento él hizo con ellos. Su artrosis le impedía toda defensa, y ni siquiera esto intentaba, complacido, extasiado y jubiloso se entregó a la lectura y posesión que de él fueron haciendo los millones de letras que componían su biblioteca.
Banquete de una noche.
Cuando su mujer volvió por la mañana, sólo había un libro roído y algo descolorido sobre la cama. Tapa dura, siempre aparentando fortaleza. Sin señas en la portada. Llorosa y asombrada de que su engarrotado esposo no se hallara a su lado, tomó el libro y leyó en su primera hoja.
Al cabo de un rato, sin notarlo, quedaban letras esparcidas de un libro que contaba la historia de un par de viejitos que desaparecieron un día sin notarlo, en el libro más hermoso del mundo.
lm. 2008
A Solano.