viernes, 26 de septiembre de 2008

a eka



Una hoja en blanco es una invitación a violentarla.
Una mujer sola es como una hoja en blanco.
No se violenta a una mujer, se violenta el aire a su alrededor. El espacio.
Se violenta su pensamiento, provocando bandadas de pájaros-nubes lloviendo graznidos-colores en su sonrisa medular-modular.
Una hoja que cae se precipita al vértigo tras separarse del árbol que la amparó por algún tiempo, pero ella no es del árbol, ni del viento que por instantes la posee en su plenitud siendo polvo, antes del suelo, después del árbol.

¿Quién posee una mujer?

En la corriente pescamos zapatos de bailarines marinos que sobre la cubierta del alba hacían su trabajo para alimentar el alma de escarabajos paladines parlanchines mientras tocaban árboles violines.

Nos asimos a las palabras que tratamos sean cimientos invariables. Inventamos otra palabra: promesa, para designar un límite, el cerco en el que las acciones siempre variantes deberán contenerse. Nos asimos a las palabras en el abismo concreto de la cotidianidad que muta sucesivamente dentro de instantes infinitamente semejantes pero que como caleidoscopios la palabra misma hace girar cambiar.

Nos asimos a una mujer, tomando su infinitud por finitud. Nos asimos a una mujer enloquecidos por la larga noche sin palabras, queriendo paralizarla, limitarla, fijarla como techo para nuestros días de intemperie, y equivocados siempre en la interpretación de sus sueños sin dueños imponemos palabras-cercas palabras-barrotes palabras-jaulas para dominarlas amaestrarlas.

La realización del viento es la de poseer la hoja hecha polvo.
El hombre no se realiza, se venga al contener la variabilidad potencial de la mujer hasta volverla polvo.
Ni el viento ni la hoja temen.
Tanto el hombre como la mujer se temen, y se aniquilan consumando el daño del que pretenden sustraerse.

La palabra: arma que hiere enaltece denigra engrandece rebaja mata revive controla ata libera golpea destroza construye fertiliza paraliza acaricia...

Quien violenta a una mujer violenta al universo, y la venganza del universo es de temer incluso más que la de cualquier Dios conocido o por conocer.

Quien se haga acompañar de una de ellas tendrá el cobijo de las estrellas por la noche, la emoción de lo desconocido a cualquier hora, la luz y la sombra de las grietas que nos invitan a cartografiar submundos y conciencias, el apoyo del carácter de una roca, la sencillez y ternura de quien sabe que aunque una iglesia diga que el primero fue Adán, cosa irreprochable según ellos, también sabe que antes de Adán estaba la Naturaleza, fuente de todo lo existente, hasta del mismísimo Adán.

©luismarte2008
Fotografía tomada de
http://www.yannarthusbertrand.com

martes, 16 de septiembre de 2008


"Si Dios ha hecho a cada hombre íntegro y completo en su razonamiento, es para permitirle agotar su destino en la libertad más perfecta. Si cada hombre ha sido hecho libre, no ha de estar sujeto a otro señor, amo o autoridad que el elija revocable y libremente. Si toda autoridad mana de quien elige, no ha de haber entre éste y el elegido diferencia alguna de privilegio, rango o ventaja, así como no ha de haberla entre hombre y hombre, cualquiera que sea su nación, fe o credo. Si esa parte de divinidad que hay en nos y a la que llamamos libertad no ha de extinguirse, juremos ya que no la rendiremos a trono, altar o potencia distintos que la de nuestro propio juicio o el de aquellos con quienes consintamos en votar fraternalmente. Si, en fin, nos atrevemos a jurar no inclinarnos ante persona alguna ni ante ella someternos en esclavitud, por el acto mismo nos declaramos libres de servidumbre a toda cosa, llámese propiedad, derecho o título, mientras nuestro viviente ser aliente y pueda escaparse de ser criado de lo muerto."

lunes, 15 de septiembre de 2008

El alumno-El docente



Educación para la subordinación es una frase que podría explicar un poco nuestra venezolanidad.

Desde el decreto de la gratuidad de la educación, hace ya muchas lunas de eso, a la escuela de cualquier sector del país los niños asisten a clases sin nada en el estómago ni en el morral. Y unas cuantas telarañas en sus cabecitas tímidamente comienzan a tejerse. Nada de lo que su docente les muestre quedará en sus memorias, porque el hambre es filtro que sólo acepta el idioma de los alimentos. Aunque insípida, la promesa augura mejores sabores, ricos manjares.

El docente tampoco puede esmerarse en una enseñanza real, porque no se puede dar lo que no se posee. Atado a su quince y último poco importa si los pequeños diablillos aprenden algo o no, lo importante es mantenerlos callados y tranquilos. La obediencia se institucionaliza. Obedece y tendrás lo que mereces. Obedece y no llamarás la atención de tus superiores. Obedece y a cambio recibirás algo que imite al amor. Obedece y vive tranquilo, sin que nadie te moleste y sin molestar a nadie.

El alumno no tiene preguntas qué hacer. La televisión las responde todas y corroe el sano ejercicio de la curiosidad. El alumno no tiene juegos que emprender, porque la consola los acapara todos. El alumno no tiene quejas, porque a cambio viene la bofetada de la madre cuando es chico, y la del Estado cuando es adulto. El alumno está conforme porque no hay más a qué aspirar, cruzar el límite es ambicionar lo imposible. A lo imposible sólo acceden los que no mueren en el intento y los actores. El alumno no tendrá parque donde recrearse, ni patios donde correr, ni cielos para soñar, ni árboles para cuidar, ni adultos que lo inspiren, quizá para que de grande tal vez no le incomode la oficina cuidadosamente hecha a su medida.

El docente se rebusca. El dinero no le alcanza sino para lo esencial, la dieta exacta de todos los días, unas cervecitas o el maquillaje de catálogo a final de mes. Lo ven sus alumnos los sábados o los domingos apostando sus últimas esperanzas a caballos que arrastran sus sueños en una pista del hipódromo. La ven subida en un camión con grandes parlantes repartiendo curvas que llevan a precipicios y sacando suspiros que endurecen el ambiente. Resulta más difícil descubrirlos detrás de la mascara de payaso que adoptan cuando entran al salón de clase.

El alumno escucha que va a la escuela porque su madre le repite todos los días que sólo así podrá ser alguien en la vida. Habría que preguntarle a ella -Alguien ¿para quien? Acaso al nacer no lo somos... La verdad es que no hay quien lo cuide y lo aguante tanto rato, salvo la televisión o el ciber. Entonces la escuela, igualada a la calle peligrosa de la que su madre trata de alejarlo, se convierte en depósito de humanos.

Tras once años, en el mejor de los casos, de amoldar su cuerpo a la dura geometría de hierro y madera que son los pupitres, de atrofiar su cerebro con los duros bloques de contenidos que nunca digirió, de aguantar la pedantería y frustración de quien decía ser la autoridad en aquellas cuatro paredes, de obligaciones insensatas desconectadas de las necesidades concretas que siempre le agobiaron, es echado a la calle para vergüenza de todos, porque oh gran ironía, fue educado en rehuir de sus problemas, en tragar realidades píldoras, en resolverlo todo con una cartelera repleta de recorta y pega, en miles y miles de remediales de los remediales.

Desperciamos nuestro tiempo entrenándolo en desperdiciar su vida.

©luismarte2008

Reuerde Palestina, Afganistan...